viernes, 23 de febrero de 2018

Sobre jóvenes, mercado y formación tecnológica

Al margen de los cuestionamientos al proyecto de Ley, me parece oportuno el debate que se ha abierto en torno de la educación superior tecnológica.

Desde el 2016 he podido conocer algunos institutos en diversas regiones del país y he recogido testimonios del descuido que ha tenido el Estado con estas instituciones.

Muchos hablan de la necesidad de potenciar esta oferta educativa, pero poco se ha hecho por cambiarla. Prestamos mucha atención a la realidad de las universidades y menospreciamos en la práctica lo que los tecnológicos pueden brindarnos.

Existe todavía una valoración excluyente que atraviesa todo nuestro sistema educativo. La educación universitaria es más apreciada que la educación superior tecnológica y ésta, a su vez, se valora más que la educación técnico-productiva (CETPRO). Estudiar en una universidad otorga más prestigio y todavía se le vincula con mayores y mejores oportunidades. O ¿me equivoco?

El Instituto Tecnológico Huando, tiene excelentes experiencias de convenios con empresas
 locales que brindan a sus estudiantes opción de formación con seguimiento.

Esto pasa en todo el país. He visto cómo en algunas regiones, donde existen buenos institutos (acreditados por SINEACE) prosperan ofertas universitarias de dudosa calidad. Esto afecta la decisión vocacional de los jóvenes y medra los niveles de matrícula de los institutos.

Es obvio que necesitamos institutos equipados, con laboratorios modernos que brinden oportunidades de aproximación concreta al mundo tecnológico. Es cierto también que la simulación y la práctica son estrategias indispensables de este tipo de formación. Sin embargo, no estamos en CERO. Sería oportuno conocer las experiencias exitosas.

Por ejemplo en Jauja, el instituto SAUSA, involucra a sus estudiantes en el apoyo técnico de los pequeños productores ganaderos. No abundan las grandes empresas dónde practicar. Entonces los estudiantes salen a las comunidades y –de la mano de sus docentes- asesoran a los pequeños fabricantes de queso y manjar blanco, ayudándolos a incorporar prácticas de control de la calidad y mejora del producto, así como técnicas estrategias de contabilidad para sus pequeños negocios.

Otra experiencia exitosa es la del instituto CEFOP en Virú, cuyos campos cultivo son utilizados en convenio por una empresa exportadora de alcachofas. Los alumnos trabajan el cultivo aplicando los conocimientos adquiridos en aulas y laboratorios (riego, control de plagas, fertilización del suelo, etc.). De esta manera la empresa se beneficia (¿y por qué no?), al mismo tiempo que los estudiantes tienen la oportunidad de entrenar todo el circuito de la cadena productiva, algo que difícilmente harían por su cuenta.

He conocido también excelentes experiencias privadas como la del Instituto Tolousse Lautrec que se asoció en convenio al CITE Joyas de Cajamarca. Los estudiantes viajaron a la ciudad del norte y ayudaron a sus artesanos a mejorar los patrones de diseño, para que puedan acceder mejor al mercado. El principio es sencillo: los jóvenes tienen la capacidad de diseñar productos y los artesanos tienen la experiencia milenaria de labrar la plata. 

¿No son acaso, estos ejemplos, rutas que podemos tomar para mejorar la articulación de los institutos al sector productivo y al mercado laboral? Lamentablemente en nuestro país se sistematizan muy poco las experiencias exitosas. Debemos aprender de ellas y no legislar dando las espaldas a lo que muchos peruanos ingeniosos vienen haciendo desde sus espacios de acción. No debemos tampoco criticar fácilmente las propuestas. Me parece valioso el diálogo abierto. ¿Estamos dispuestos a conocer más?

Comparto el estudio que pude realizar con el SINEACE:  
Educación Tecnológica y producción