Al margen de los cuestionamientos al proyecto de Ley, me
parece oportuno el debate que se ha abierto en torno de la educación superior
tecnológica.
Desde el 2016 he podido conocer algunos institutos en
diversas regiones del país y he recogido testimonios del descuido que ha tenido
el Estado con estas instituciones.
Muchos hablan de la necesidad
de potenciar esta oferta educativa, pero poco se ha hecho por cambiarla.
Prestamos mucha atención a la realidad de las universidades y menospreciamos en
la práctica lo que los tecnológicos pueden brindarnos.
Existe todavía una valoración excluyente que atraviesa todo nuestro sistema educativo. La educación universitaria es más apreciada que la educación superior tecnológica y ésta, a su vez, se valora más que la educación técnico-productiva (CETPRO). Estudiar
en una universidad otorga más prestigio y todavía
se le vincula con mayores y mejores
oportunidades. O ¿me equivoco?
| El Instituto Tecnológico Huando, tiene excelentes experiencias de convenios con empresas locales que brindan a sus estudiantes opción de formación con seguimiento. |
Esto pasa en
todo el país. He visto cómo en algunas regiones, donde existen buenos
institutos (acreditados por SINEACE) prosperan ofertas universitarias de dudosa
calidad. Esto afecta la decisión vocacional de los jóvenes
y medra los niveles de matrícula de los institutos.
Es obvio que necesitamos
institutos equipados, con laboratorios modernos que brinden oportunidades de
aproximación concreta al mundo tecnológico. Es cierto también que la simulación
y la práctica son estrategias indispensables de este tipo de formación. Sin
embargo, no estamos en CERO. Sería oportuno conocer las experiencias exitosas.
Por ejemplo en Jauja, el
instituto SAUSA, involucra a sus estudiantes en el apoyo técnico de los pequeños
productores ganaderos. No abundan las grandes empresas dónde practicar. Entonces
los estudiantes salen a las comunidades y –de la mano de sus docentes- asesoran
a los pequeños fabricantes de queso y manjar blanco, ayudándolos a incorporar
prácticas de control de la calidad y mejora del producto, así como técnicas estrategias
de contabilidad para sus pequeños negocios.
Otra experiencia exitosa es la
del instituto CEFOP en Virú, cuyos campos cultivo son utilizados en convenio por
una empresa exportadora de alcachofas. Los alumnos trabajan el cultivo
aplicando los conocimientos adquiridos en aulas y laboratorios (riego, control
de plagas, fertilización del suelo, etc.). De esta manera la empresa se
beneficia (¿y por qué no?), al mismo tiempo que los estudiantes tienen la
oportunidad de entrenar todo el circuito de la cadena productiva, algo que
difícilmente harían por su cuenta.
He conocido también excelentes
experiencias privadas como la del Instituto Tolousse Lautrec que se asoció en
convenio al CITE Joyas de Cajamarca. Los estudiantes viajaron a la ciudad del
norte y ayudaron a sus artesanos a mejorar los patrones de diseño, para que puedan acceder
mejor al mercado. El principio es sencillo: los jóvenes tienen la capacidad de
diseñar productos y los artesanos tienen la experiencia milenaria de labrar la
plata.
Comparto el estudio que pude realizar con el SINEACE:
Educación Tecnológica y producción